Desertificación
Aunque el origen de los desiertos
debe buscarse en remotos factores climáticos
y geológicos, es probable que el proceso de
destrucción a gran escala de la cubierta vegetal
del planeta se iniciara hace unos 50.000 años,
cuando el hombre fue capaz de dominar el fuego. A
medida que el ser humano ha ido colonizando la Tierra,
las actividades agrarias y ganaderas han provocado
la transformación de amplias superficies de
terreno virgen en campos de cultivo o de pastoreo,
con lo que el suelo se ha visto sometido a unas demandas
en muchas ocasiones excesivas. Por tanto, si la naturaleza
es la responsable de que existan los desiertos, a
la actividad humana se debe el que su extensión
y su área de influencia sean cada día
más amplias. En las últimas décadas,
diversos factores climáticos y humanos han
desatado un acelerado proceso de desertificación
cuyas consecuencias más visibles son el empobrecimiento
paulatino de extensas regiones terrestres, el ensanchamiento
de los límites difusos del desierto e incluso
la pérdida de suelo fértil en zonas
consideradas ricas y que por su situación geográfica
no deberían estar expuestas a semejante peligro.
La desertificación, como el resto de problemas
ambientales, es obra del hombre, por hacer un mal
uso de los recursos naturales. El primer factor que
la provoca es la explotación agrícola
de terrenos inadecuados para los cultivos, así
como de suelos excesivamente áridos, demasiado
arenosos, pedregosos, salinos o de fuerte pendiente.
El resultado es una pérdida de la vegetación
autóctona, tanto de la flora como de la fauna,
con lo que se elimina la protección natural
del suelo y se desatan los procesos erosivos que provocan
la alteración de la estructura del sustrato.
Las tierras áridas son excesivamente frágiles
y, por ello, cualquier alteración de su equilibrio
ecológico contribuye a aumentar la erosión
y el grado de acidez. Los suelos tropicales son de
los más estériles del mundo, ya que,
a menos que estén protegidos por la sombra
y la cobertura de la jungla, el sol y la lluvia no
tardan en erosionarlos. Los nutrientes se solubilizan
y son arrastrados por el agua, y el suelo, desprotegido,
se endurece por efecto del sol. Ya no hay hojarasca
que se descomponga y renueve el suelo.
Si la tierra se usa para la ganadería, la situación
es aún peor, ya que, además de las hierbas,
las especies de árboles típicos de la
jungla, altos y amantes de la humedad, son reemplazadas
por especies más bajas, espinosas y resistentes
a las sequías. Los guacamayos, los jaguares,
tapires, monos anacondas, tortugas y otros animales
son algunas de las especies que corren peligro de
extinción por el mal uso de los suelos tropicales.
Otros factores que inciden en la desertificación
de las zonas áridas son el fuego, la introducción
de maquinaria pesada en tierras frágiles y
las explotaciones mineras, sobre todo cuando éstas
se practican a cielo abierto.-
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