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Demografía
La
superpoblación es un problema muy reciente
en la historia de la humanidad. En sus albores, el
hombre cazador-recolector apenas ejercía presión
sobre el medio porque vivía inmerso en los
ciclos naturales. Entre los años 9.000 y 8.000
A.C., durante el Neolítico, comienzan a aparecer
los sistemas agrícolas que dan lugar a la primera
gran revolución de la historia humana. El hombre
cazador-recolector, con un sistema de vida nómada,
da paso al agricultor, que organiza su vida en asentamientos
estables y comienza a obtener frutos de la tierra
de manera regular y localizada.
Esta nueva forma de vida mejora sensiblemente las
condiciones de la existencia humana y provoca un fuerte
incremento de la población. Pero es en el siglo
XVIII, con la Revolución Industrial, cuando
se produce un boom demográfico que eleva la
población mundial a 1.000 millones, y a mediados
del siglo XX se situaba en los 2.500 millones. Entre
1950 y 1975 la humanidad crece tanto como en todo
el siglo anterior – 1.500 millones de personas
-, alcanzándose la cifra de 4.000 millones,
y en la actualidad está situada en torno a
los 5.000 millones. Pero la población no está
uniformemente repartida. De los 5.000 millones actuales,
el 24% se encuentra en los países industrializados,
mientras que el 76% restante se sitúa en los
países del Tercer Mundo.
Dicho en otras palabras, es en aquéllas área
más atrasada económica y socialmente
donde la población crece de forma desmedida.
Uno de los aspectos más relevantes del incremento
de la población es su repercusión sobre
el medio ambiente.
Es indudable que en un cambio demográfico de
tal magnitud no puede ser “neutral” en
su relación con el medio ambiente. Antes al
contrario, creemos que los numerosos problemas relacionados
con el ambiente sólo tienen explicación
si tenemos en cuenta la incidencia de la explosión
demográfica – en combinación con
otros factores – en los mismos. El primer problema
a resolver es la limitación de los recursos:
uno no son renovables, como los combustibles fósiles,
y otros requieren tiempo y especiales atenciones para
regenerarse, como, por ejemplo, los bosques.
La desigual distribución de la riqueza hace
que los países industrializados naden en la
abundancia, mientras que los subdesarrollados pasan
graves penurias, y el hambre empuja a los pueblos
pobres del planeta a ejercer una presión excesiva
sobre el suelo. Hoy se están dedicando a la
agricultura zonas marginales. Se roturan zonas donde
antes existían bosques, contribuyendo con ello
a la deforestación, En un plazo de tiempo más
o menos largo, esto se traducirá en suelos
esquilmados, desertificación, contaminación
de los mares y acuíferos, etc., y el daño
que así se causa a la fauna es incalculable.
Por otra parte, si la humanidad necesita para sobrevivir
producir más alimentos, obtener más
energía, consumir más agua, este mismo
aumento en la obtención de recursos implica
un incremento de los desechos y, por tanto, de la
contaminación y degradación de la Tierra.
El sobrepastoreo y la utilización de plantas
leñosas como combustible, por ejemplo, han
conducido a la desertificación de algunas zonas
de África.
La destrucción de los bosques tropicales, como
ya hemos visto antes, está provocando la desaparición
de muchas especies. En los bosques costeros y de los
llanos de América del Sur y Central, los ganaderos,
las compañías madereras, los proyectos
de repoblación y los granjeros están
reemplazando a un fuerte ritmo la vegetación
nativa con nuevas hierbas, frutos, fibras y árboles.
En los espesos bosques de las tierras altas, las plantaciones
de quinina, café, especias y verduras están
causando los mismos problemas.
El efecto de estos cambios se traduce, normalmente,
en un daño irreparable en el medio ambiente
y, por tanto, en la vida salvaje que habita en él.
Por lo que respecta al agua, al incremento de la demanda
por el aumento de población debe añadirse,
por fortuna, el que genera la extensión de
unas mejores condiciones de vida. La intensificación
de los sistemas agrícolas de regadío
y la expansión industrial son asimismo factores
que contribuyen a elevar su consumo. Pero esto ocurre
precisamente cuando se están deteriorando los
recursos fluviales y acuíferos.
Otro efecto directo del boom demográfico, sobre
todo en los países subdesarrollados, es el
de las inmigraciones. Ante la imposibilidad de llevar
una vida minimamente digna con los recursos del campo,
numerosas familias lo abandonan atraídas por
la abundancia de las ciudades, y normalmente pasan
a engrosar los cinturones de pobreza de las ciudades
tercermundistas.
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